La U.E. y el complejo de Peter Pan

Una Europa que no quería crecer se está viendo enfrentada a los cañonazos de su particular Capitán Garfio

(Publicado en el periódico El Correo del 6 de mayo de 2022)

Todos conocemos la historia del niño que no quería crecer. Vivía feliz en un entorno agradable, rodeado de su cuadrilla de « niños perdidos ». Tenía un enemigo, claro, el Capitan Garfio. Pero el cocodrilo lo tenía a raya, e incluso hubo momentos de relativa complicidad entre ellos.

Con sus 65 años Peter era un niño acostumbrado a una vida bastante cómoda. Un entorno agradable. Un clima templado donde la tierra daba todo lo necesario para subsistir. ¿ Para qué crecer si tenía todo lo que se puede desear ?. Siendo mayor hubiera tenido que preocuparse de todo lo que ocurría fuera. Resolver litigios que no le molestaban porque, al estar lejos, ni siquiera se daba cuenta de que existían. Ojos que no ven corazón que no siente.

Tenía sí alguna preocupación porque el tiempo estaba cambiante. Ya no se sucedían los días radiantes, sino que algún chaparrón inesperado venía a turbarle justo a la hora de la siesta. Puso unas cuantas sombrillas y consideró que si los demás hacían lo mismo el tema estaba resuelto.

Por lo demás Peter salía de un fuerte resfriado y, tras el toque mágico y estimulante del hada Campanilla,  se sentía con fuerzas para acometer todo lo que había dejado sin terminar que, francamente, se estaba acumulando. 

Los únicos problemas venían de los “niños perdidos” que le daban algunos quebraderos de cabeza. Jugaban con él, pero estaban encantados con las artimañas que se sacaban de la manga para enfadarle. El cocodrilo los tenía también bajo su manto y de alguna manera los consideraba sus favoritos.

Por su parte el Capitán Garfio, que se consideraba a sí mismo joven y apuesto, no soportaba la imagen de provocador que se le atribuía por sus andanzas casi a escondidas por el resto del mundo. Su carácter se agrió hasta el punto de tener momentos de cólera imprevisibles que ni siquiera el tic-tac del cocodrilo aplacaba. Nadie lo tenía en consideración y refunfuñaba continuamente para que se notase su presencia.

Un día Garfio estalló. Harto de que lo ignorasen empezó a lanzar cañonazos desde su barco a la entrada del recinto donde estaban Peter y los “niños perdidos”.

Peter y sus amigos se alarmaron. Nunca habían visto así a Garfio y, desconcertados, fueron a consultar urgentemente al cocodrilo . Garfio se encolerizó aún más y siguió bombardeando a diestro y siniestro.

En ese momento a Peter le empezaron a crecer los pelos de la barbilla. ¡Eureka!. ¡Te estás haciendo mayor!.  Las hormonas habían dado un salto con el susto. El cocodrilo, los niños y Peter se reunieron para festejar por todo lo alto un momento memorable.

Pero después de la emoción vieron que estaban ante un problema nuevo que ponía en peligro a todos ellos. Había  que meter en cintura a un Garfio que se había vuelto desafiante. Aquello no se podía tolerar.

Los “niños perdidos” llevaron la voz cantante en un griterío descomunal que sólo terminó cuando el cocodrilo les llamó al orden. El sería la autoridad para hacer frente a la crisis. Y Peter, recién estrenada su adolescencia, sólo pudo asumir que no tenía los dientes del cocodrilo.

Siguieron semanas de gran confusión. El capitán Garfio continuaba con su enfado y los destrozos que causaba eran cada vez mayores.

Un día el  cocodrilo, que encabezaba la resistencia con pequeñas escaramuzas, decidió que se había llegado demasiado lejos. Convocó a Peter y a los “niños perdidos” y les comunicó que había que pasar al contraataque. Las respuestas dadas a los ataques de Garfio claramente no eran suficientes y todos empezaron a temer que la bandera pirata ondeara finalmente victoriosa.

El plan se desarrolló según lo previsto. Se acercaron al barco de Garfio y lo asaltaron al abordaje.

La tripulación se defendió con todo lo que tenía a mano y la lucha fue extremamente cruenta, hasta el punto de que los disparos cruzados provocaron un incendio que se extendió rápidamente.

En el fragor del combate nadie intentó apagar el fuego y este alcanzó la Santa Bárbara del navío. Una gran explosión destrozó el barco y lo hundió con todos sus ocupantes. No hubo supervivientes.

Moraleja: No todos los cuentos tienen final feliz.

Iñaki Bustamante

(dedicado a Clara)

 

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